El cepillo - El amor (1)

En 1998 cuidé una pareja de ancianos cubanos. 

Eran pequeños y maravillosos, vivían en una casa que parecía sacada del museo Vizcaya de Miami,  todo estaba quieto. Me impresionó el cepillo al lado de una lámpara, cuando me fui, el cepillo seguía ahí.

Me daban galletas cubiertas de chocolate blanco que sabían a un tiempo perdido, no recuerdo el nombre, me las ofrecían como a una nieta perdida„ siempre pensé que todo en esa casa era tan viejo como ellos.

La mujer tenía Alzheimer, a veces me confundía con la nuera, otras veces no alcanzaba a confundirme con alguien, pues no sabía quién era yo, olvidaba dónde quedaba el baño, quién era su esposo, y para ella, todo era Cuba. Él la amaba, la miraba con ojos adolescentes e inocentes, seguro de que algún día ella recordaría de nuevo. Los hijos estaban lejos, de ellos solo quedaron sus cuartos y el patio de atrás, acompañado de un árbol gigante con un columpio que colgaba de una cuerda.

Los amé como a mis abuelos, escuchaba sus historias sobre Cuba y la dictadura como si fueran mías.

La casa olía mal, a una combinación de orina y creolina, el piso era tipo ajedrez y los espacios eran altos, había lámparas y paredes de colores desteñidos, las plantas crecían en lugares imposibles, el pasto del patio no tenía mucho cuidado. La casa se detuvo en el tiempo, como les pasó a ellos, pues se amaban como cuando se conocieron.

Un año después de mi partida murió la mujer, meses después se fue él, los hijos vaciaron todo, yo quería el cepillo.


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